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domingo, 28 de abril de 2013

Vancouver, un collage de culturas

Hace unos años hice un viaje con mi familia a Vancouver (Canadá). La hermosa ciudad, reposada en el delta del río Fraser, sobre una península a orillas del Pacífico y rodeada de bosques y montañas nevadas, nos dio la bienvenida durante un cálido verano. Nuestra llegada coincidió con la “Celebration of Light”, una fiesta internacional de fuegos artificiales que se realiza cada año en la Bahía Inglesa. Durante cuatro noches, el cielo de Vancouver se enciende con luces multicolores; es un espectáculo imponente.



POR PAULA BASALO


Hay una gran cantidad de parques naturales. Parque Stanley tiene 405 hectáreas con playas, piscinas públicas y 35 kilómetros de caminos interiores y uno costero, el Seawall, que da la vuelta al parque bordeando el mar. Para recorrerlo, optamos por emprender la hazaña de la mejor manera: en bicicleta. Con una sorprendente variedad de vida silvestre, el Stanley es el hogar de los enormes cedros rojos de Canadá, de espléndidos abetos y de animalitos que andan libres por el parque. Se nos acercaban amigables ardillitas y familias de patos. Un encantador mapache llegó lentamente y le acerqué mi mano para tomarle una foto, pero se me vino encima y recibí advertencias en todos los idiomas de no intentar contacto alguno.
Fuimos al Capilano Suspensión Bridge, un puente colgante que cruza el río Capilano en medio del bosque. Un gran desafío fue el “treetop adventure”, que consiste en recorrer el bosque a través de unas pasarelas colgantes suspendidas en las copas de los abetos.
También visitamos Whistler, una estación alpina elegida por los amantes del esquí y el mountain bike. Llegamos tras un empinado ascenso por una carretera de montaña bordeada por pinares gigantescos, valles y cimas nevadas. Recuperamos fuerzas con una taza de café y algunas exquisiteces, disfrutando el bello paisaje.
A la hora de la cena salíamos a recorrer la ciudad en busca de alternativas gastronómicas, que son tantas como la diversidad étnica de Vancouver: japonesa, francesa, italiana, alemana, china, hindú, y el característico y delicioso salmón del Pacífico.
Vancouver es un increíble collage de culturas, parques naturales, tótems originarios, rascacielos, galerías de arte, restaurantes étnicos, mercados callejeros. Llaman la atención la limpieza y la educación; también la relevancia y respeto por las familias originarias. Las réplicas de tótems en miniatura y los cazadores de sueños, tan representativos de ellos, son los souvenires más frecuentes.
La vida dirá si regresaré a esta pintoresca ciudad que disfruté muchísimo. Hoy puedo volver con los mejores recuerdos.

Secretos de la Puna


Para aventureros que buscan paisajes poco difundidos, un circuito que parte de Humahuaca, pasa por Abra Pampa y llega a un deslumbrante y rojizo cañón: el Filo del Angosto.


POR SANTIAGO BARDOTTI / ESPECIAL PARA CLARIN


La provincia de Jujuy y la Puna están llenas de sorpresas y maravillas escondidas. Y nuestro país, aunque en general pensemos lo contrario, sigue más al norte que La Quiaca misma: sube hacia el noroeste y encuentra la frontera en un paisaje de película. Eso sí, es el premio para los aventureros y los osados. También es el premio para quienes no le tienen miedo a los nombres que asustan (tanto como seducen). Llegar a La Siberia de la Puna, por ejemplo, hoy llamada Abra Pampa.
Para llegar al corazón del altiplano hay que desviarse de la confortable ruta 9 que va hacia la Quiaca y tomar hacia el oeste. Estamos tan arriba que el oeste no es Chile sino Bolivia. Nuestro mapa mental comienza a flaquear y se vuelve necesario ir al papel para comprender y verificar.
El recorrido comenzará, sin embargo, más al sur. Para llegar hasta aquí, la antigua ciudad de Humahuaca, en Jujuy, es un buen punto de partida y de pernocte, para arrancar a primera hora del día siguiente.
Subimos desde aquí a través de un paisaje diferente y donde la altura se hace notar en todos sus aspectos. En un tramo tranquilo por la ruta nacional 9 continuamos hasta el centro neurálgico del altiplano, Abra Pampa –antiguamente llamada “Siberia Argentina”–, a unos 80 kilómetros de Humahuaca. Estamos a casi 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar.
Ritmo propio
El turismo más convencional se ha terminado donde finaliza la Quebrada, y en seguida tenemos la sensación de estar, verdaderamente, tierra adentro. La misma ciudad de Humahuaca es en sí una transición y es el último punto donde se mezclan los “gringos” con paisanos y lugareños. En cambio, el mercado de Abra Pampa luce muy distinto: allí cada pequeño productor se acerca a vender su mercadería y en los horarios más insólitos. Por ejemplo, el jueves a última hora llega el cordero. En algún otro día y momento se carnea llama que se cría y consume en la zona. Para todo hay que saber cuándo y dónde. Por estos lados el consumo de la llama es central para la economía familiar.
Cuando dejemos la ciudad y comencemos el ripio, con unas colinas antiquísimas de fondo, tal vez veamos a sus parientes más salvajes y divisemos algún grupo de vicuñas tímidas comiendo pastizales amarillos.
Nos desviamos hacia el oeste por un camino que alguna vez fue la vía de comunicación principal, un antiguo camino que lleva ese tipo de nombres enormes que hacen viajar en el tiempo junto con la geografía: el antiguo Camino del Inca, el Camino Real. Soledad e historia. Restos de actividades antiguas, minas abandonadas y lechos de ríos secos. Como si nada fuera permanente aquí.
Pero en la Puna los fenómenos climáticos tienen la claridad y nitidez de los sueños. Así se pueden ver las tormentas en la distancia, truenos que resuenan en esas llanuras enormes y rayos que caen metiendo miedo, pero allá lejos, para que lo disfrutemos como un espectáculo único.
De Abra Pampa, siguiendo la ruta provincial 7 (un camino mejorado que según las épocas puede presentar mucho serrucho) nos dirigimos a la laguna y reserva natural de Pozuelos, a 3.900 metros sobre el nivel del mar. Son estas lluvias, principalmente en el verano, las que dan vida a la laguna, famosa por su enorme colonia de flamencos, estación favorita de diferentes aves migratorias.
Habremos pasado, antes de llegar, no muy lejos de la salida de Abra Pampa, el desvío hacia la izquierda que se dirige a Cochinoca (verImperdible), antigua capital del departamento cuando el trazado del ferrocarril no había cambiado definitivamente el curso de esta historia. La Puna es testigo de la aparición y desaparición de actividades y pueblos. Ahora quedan los criadores de animales solitarios y sus contrincantes en este juego constante: los pumas y los zorros.
En busca del horizonte
En la región, el otro gran enemigo es el clima: los grandes fríos invernales y, en especial, el viento. Como si fuera un gran fantasma, se escuchan las historias del viento blanco, tan temible que puede dejar muerto al ganado en pie. Por suerte no es tan común, pero alimenta relatos que sirven para darle todavía más dramatismo a un paisaje que es, de por sí, sobrecogedor.
Después de hacer una parada para disfrutar del paisaje y observar las aves como si fueran los únicos habitantes del planeta seguimos nuestro camino hacia Santa Catalina. Son unos 60 kilómetros de ripio y se puede llegar bordeando el lado este o el lado oeste de la laguna, que en épocas de “seca” (durante el invierno) casi no se divisa. El camino del este, más cercano a la ruta 9, pasa por el pintoresco pueblo deCienaguillas. El otro camino –aún más inhóspito– sortea los caseríos de Rodeo Chico y Yoscaba.
Santa Catalina, con su aire colonial y pacífico, su iglesia del siglo XVII y su museo es un confín del mundo. Allí parece acabarse todo. Se acaba nuestro territorio, al menos, pero no sin antes, en la frontera con Bolivia, brindarnos un paisaje que solamente hemos visto en películas.
En efecto, a unos 20 kilómetros saliendo del pueblo por un camino lento, llegamos al llamado Filo del Angosto, un impresionante cañón que se extiende hasta donde llega la vista. El colorado es su tonalidad predominante y las resonancias son obvias. La boca queda abierta y las preguntas aparecen. ¿Cómo es posible descubrir tanta belleza escondida?
En la despedida, un instante de maldad nos hace desear guardar esta panorámica para nuestros ojos, igual que han hecho, de alguna manera, los jujeños y los habitantes de Santa Catalina.

IMPERDIBLE
Pasos perdidos en Cochinoca
A 25 km de Abra Pampa, por la ruta provincial 7, en general en buen estado durante todo el año, se llega al pintoresco pueblo de Cochinoca. Si bien el lugar está habitado por unas pocas familias, alberga dos construcciones antiguas de los siglos XVII y XVIII. Se trata de las iglesias de Santa Bárbara y del Rosario. 
Al llegar desde Abra Pampa surge la sensación de arribar a un pequeño oasis. El pueblo, construido en adobe y piedra, se encuentra al pie de una colina y es muy arbolado, colores que contrastan con el aspecto seco y ralo que predomina en la región. La primera visión es encantadora y la presencia de la iglesia de Santa Bárbara, en especial, parece proteger de algún modo el pequeño paraje, rodeado de un paisaje tan grande e imponente que simula tragárselo todo. 
Junto a la Iglesia del Rosario se hallan los restos de una iglesia más antigua todavía. El pueblo, con muchas casas abandonadas y derruidas por el tiempo, muestra su historia a través de restos de muros de piedra, un viejo almacén y la plaza. 
Al planificar el circuito conviene tener en cuenta que no hay aquí albergues turísticos, pero algunos pobladores ofrecen amablemente alojamiento en sus casas.   

MINIGUIA
COMO LLEGAR. En auto, de Buenos Aires a Humahuaca son 1.646 km por ruta 9 (Panamericana ramal Escobar). 
Por Aerolíneas Argentinas, el vuelo Bs. As. - San Salvador Jujuy, desde $ 1.873, ida y vuelta (aerolineas.com). Para llegar a Humahuaca, el bus de empresa Balut cuesta $ 40 en clase semi-cama (ida). Hasta Abra Pampa, $ 70 (www.balutsrl.com.ar).

DONDE ALOJARSE. En Humahuaca (para hacer base), una opción es el hostal Azul, que pide $ 300 por el cuarto doble con desayuno (hostalazulhumahuaca.com.ar).
Atención: en Cochinoca y en Santa Catalina los alojamientos son únicamente en casas de familia.

INFORMACION
Oficina de Turismo de Jujuy: (388) 422-1325 / 422-1326
www.turismo.jujuy.gov.ar

Atacama, el desierto te espera


Aventuras entre volcanes, salares, lagunas, termas y géiseres. La inmensidad del paisaje y las tradiciones de las comunidades locales según la mirada de una enviada especial a San Pedro de Atacama, en el norte de Chile.


POR GRISEL ISAAC / GISAAC@CLARIN.COM


Extremadamente seco: se siente en la nariz, en la boca, en la piel; se ve en el cielo azul, limpio, sin nubes. Extremadamente árido: bueno, así son los desiertos, pero aquí se nota más, dicen que llueve entre 15 y 30 milímetros por año. Extremadamente fascinante: estamos en San Pedro de Atacama, norte de Chile, una de las puertas de entrada al desierto de Atacama, a las tradiciones atacameñas (likan antai), a las casas de piedra y de adobe, a las leyendas de amor y odio entre volcanes, a la explotación minera de la región y a la vida en el Altiplano.
Destino casi secreto hasta hace un par de décadas, hoy Atacama se ha instalado en el horizonte viajero como uno de esos lugares a los que hay que ir aunque sea una vez en la vida. La infraestructura del pueblo y sus alrededores fue adecuándose al creciente flujo turístico: hay hostels para mochileros y hoteles de lujo con spa. Hay también pubs y restaurantes, tiendas de artesanías, una acogedora plaza central con wi-fi y una iglesia antigua que necesita refacciones. Hay dos museos que llaman la atención: el Museo Arqueológico Gustavo Le Paige –cura jesuita, apasionado por la cultura atacameña, que halló gran parte del material expuesto– y el recién inaugurado Museo del Meteorito. Completan el catálogo una farmacia moderna, cajero automático y una apabullante cantidad de agencias de viajes que se multiplican en cada una de las calles de tierra y ofrecen excursiones que prometen desentrañar los misterios de estas tierras.
La extraña geografía de esta región abunda en volcanes, dunas, salares, géiseres y termas. Y también en oasis porque, en definitiva, San Pedro de Atacama resulta un oasis urbanizado de 5.000 habitantes –un cartel en la entrada indica que, según el censo de 2002, hay 1.938– que recibe a viajeros de todo el mundo que llegan en busca de paisajes únicos, experiencias memorables y leyendas ancestrales.
Pero, hay que decirlo, Atacama exige; no es un destino para tomar a la ligera. Atacama, les decía, exige pasión por la aventura y los paisajes inmensos en los que la belleza radica en lo inhóspito. Paisajes arduos que colman la mirada. Al mismo tiempo requiere también ciertos cuidados básicos para evitar –o, al menos, paliar– el mal de altura y disfrutar a pleno de las excursiones: llegar con tiempo para aclimatarse (San Pedro está a 2.436 metros sobre el nivel del mar; algunas excursiones implican trepar a los 4.300 metros o más), hidratarse constantemente, proteger la piel del sol y adecuar el esfuerzo físico a las posibilidades de cada viajero.
Bajo la permanente custodia del volcán Licancabur, durante los próximos días viviremos el paisaje a pura aventura. De la mano de Cristóbal, Claudio y Danilo, nuestros guías, exploraremos las extrañas formaciones en el Valle de la Luna versión chilena, la Cordillera de la Sal, la laguna Chaxa en el Salar de Atacama, los géiseres del Tatio y la apabullante densidad del Universo que se deja ver, cada noche, en el cielo chileno.
Como en la Luna
El rumor corrió, parece, durante varios días el año pasado. Se decía que después del show en Santiago, Roger Waters (uno de los fundadores de Pink Floyd) tocaría en el desierto de Atacama. Todo se derrumbó en cuestión de segundos, cuando en la conferencia de prensa el músico dijo que no y, de paso, preguntó dónde quedaba Atacama. Lo que sí parece que es cierto es que la NASA probó aquí algunos de esos robots que luego mandaría a investigar los secretos de Marte. Por el suelo, dicen, porque resulta similar al del planeta rojo e ideal para hacer los testeos necesarios en relación con la movilidad de las máquinas electrónicas.
Más allá de los personajes famosos y los robots marcianos, nuestros primeros pasos en este territorio de arcilla, arena y sal –parte de la Reserva Nacional Los Flamencos y a 15 kilómetros de San Pedro de Atacama– están marcados por el suelo arrugado e irregular del Valle de la Luna, los colores ocres, marrones, naranjas y blanquecinos de la Cordillera de la Sal, la columna de la Cordillera de Domeyko y los picos de los Andes. Esta es una zona que hasta los años 80, cuentan los guías, estaba dedicada a la explotación de la sal, un negocio que fue declinando con el auge de la sal marina.
En el Valle de la Luna uno se encuentra con extrañas formaciones geológicas moldeadas por el tiempo, el viento y el agua, como las “Tres Marías” –a decir verdad, de una de ellas sólo queda la base, ya que hace unos años un turista imprudente se paró a su lado para la foto y la derribó– o el majestuoso “Anfiteatro”.
La Gran Duna –también conocida como Duna Mayor– es parte dominante del paisaje desde los miradores. Para protegerla de la erosión humana ya no se permite el acceso a esta mole de arena.
Sueños de sal
Alejandra tiene 16 años, es atacameña y estudiante de primer año de turismo en el Liceo Likan Antai. Como parte del programa de estudios, algunas semanas tiene clases prácticas en empresas turísticas de San Pedro de Atacama. Hoy le toca acompañarnos en una excursión rumbo a la Laguna Chaxa, en el enorme Salar de Atacama (entre los más grandes del mundo y uno de los mayores depósitos de litio del planeta). Alejandra contesta con voz suave todas las preguntas, toma breves tragos de agua para paliar la sequedad del ambiente, consulta por celular con sus padres para averiguar el nombre de una hierba medicinal que no recuerda –lejía, dirá más tarde, buena para el colesterol– y confiesa sus sueños: especializarse en turismo aventura y que su madre pueda dedicarse a la gastronomía típica en Río Grande, un pueblito de la región donde nació.
Avanzamos por una llanura árida que, de repente, muestra pasto amarillo y unos árboles llamados tamarugos. Así como aparecen en medio del camino vuelven a diluirse en la inmensidad desértica.
Nos detenemos en Toconao, un pueblo de 1.000 habitantes que se caracteriza por sus construcciones y artesanías en piedra volcánica (o liparita). La plaza central se destaca por su iglesia, el campanario San Lucas, de 1750, y una colorida trepadora para los chicos.
Ahí nomás, a la vuelta de la plaza, la señora Luisa vende artesanías. La sorprendemos tejiendo con espinas de cactus –está haciendo una pequeña bolsa– y atendiendo a otros turistas. Vende bufandas, medias, suéteres para chicos, la ya mencionada artesanía en piedra volcánica, hojas de coca para paliar el mal de altura y bebidas. Luisa nos invita a pasar al patio de su casa, donde tiene un corral con tres llamas –esencial para los tejidos– y una gran variedad de frutas que se cosechan en la zona (membrillo, higo, pera, damasco, limón). Nos obsequia una granada y posa para las fotos, pero dentro del local: no quiere provocar reticencias entre sus vecinos.
Tenemos que apurarnos si queremos ver el atardecer en la laguna Chaxa. La camioneta ingresa en el núcleo del salar, donde se concentran cloruros y sulfatos. Es el sector Soncor de la Reserva Nacional Los Flamencos, administrado por la comunidad likan antai de Toconao y la Corporación Nacional Forestal.
La superficie irregular de la tierra parece una gran costra.
El camino nos guía hasta la laguna donde encontramos a los flamencos – tres especies, el chileno, el andino y el de James–, una “lagartija de Fabián” que se esconde rápidamente en un hueco, y unas aves con un extraño pico puntiagudo llamadas caití.
Cae el sol en la laguna e, inesperadamente, el viento comienza a soplar. A lo lejos, el volcán Lascar humea. Está despierto y avisa.
Más señales de humo
“¡Es una vez en la vida!”, grita –en inglés– una chica sumergida en un piletón con el agua hasta el cuello. Sonríe entre nerviosa y feliz. El agua tiene una temperatura deliciosa, unos 30 grados. Nos lo dicen los guías y la tocamos para comprobarlo. Alrededor, muchos la miran –la miramos– desconcertados: es que son las 7.30 de la mañana, estamos en los géiseres del Tatio, a 4.320 metros de altura y la temperatura ambiente es de exactamente 9 grados bajo cero. Mientras sentimos pies y manos endurecidos por el frío, a nuestro alrededor la tierra se desgaja en bocas en las que borbotean chorros de agua que alcanzan los 85 grados. Extensas nubes de vapor cortan el aire frío y se elevan en columnas blancas. Por momentos, algunas resultan tan densas que alcanzan a tapar parcialmente el sol.
Caminamos lentamente, cuidando cada paso. Es recomendable por la altura y porque estamos en un campo geotérmico de origen volcánico que se traduce en chorros de agua hirviente y vapor que se abren paso entre fisuras en la tierra. La zona está ligeramente demarcada con rocas y vallas de piedra que buscan evitar accidentes (¿les dije que uno de los géiseres fue apodado “el asesino”?).
Al final del camino, un zorro culpeo nos mira casi con cariño. Es que los guías nos han preparado una mesa con manjares para desayunar ahora que el sol empieza a calentar. Otra vez, el consejo: no sea glotón, que la altura puede jugarle en contra.
Pedro, al volante de esa combi que anda y desanda curvas en el viaje a los géiseres, es atacameño. Habla de la sangrienta conquista de los españoles y del apuro que tenían por erradicar el kunza (el idioma de los likan antai que, por suerte, hoy en las escuelas vuelve a ponerse en valor). Pedro habla de la vida en los allyus –comunidades agrícolas–, de las tradiciones y cuenta que, cada año, se organiza junto con las comunidades atacameñas de Argentina y Bolivia, el Festival de Costumbres Ancestrales. Se trata de un encuentro musical en el que también aprovechan para intercambiar productos. Los argentinos piden electrodomésticos. El busca dulce de leche.
En el cielo, las estrellas
En Atacama, lo de “era una noche cerrada” no va. Porque todas las noches regalan un cielo increíblemente iluminado. Llévese varios deseos pensados de antemano: basta con levantar la mirada por cinco minutos para ver una, dos, tres estrellas fugaces. En esta zona inauguraron hace un mes ALMA, un telescopio revolucionario con 66 antenas de alta precisión.
Son poco más de las 10 de la noche. Estamos en el observatorio astronómico Ahlarkapin. Danilo nos da una clase de galaxias, planetas y estrellas en tiempo récord. Desde los orígenes de la humanidad, el hombre mira el cielo en busca de respuestas. Y si hace tantos años que la humanidad se dedica a esto, esta noche nosotros también intentaremos encontrar algunas certezas. La poca luminosidad artificial de la zona y la falta de humedad en el aire imponen condiciones ideales para distinguir, con el láser-guía de Danilo, varias constelaciones. Pero es hora de mirar por el telescopio. Allí están, claritos, los anillos de Saturno y un cúmulo estelar abierto, conocido como el Joyero, junto a la Cruz del Sur.
Al final, como por arte de magia, uno vuelve a casa con la mirada llena de estrellas y el corazón palpitando aventuras. Les digo: el desierto de Atacama es un lugar que hay que visitar aunque sea una vez en la vida.

PRIMERA CLASE
Aventura, spa y buena gastronomía
Vale la pena despertarse temprano en San Pedro de Atacama. Desde los enormes ventanales de la habitación se ve cómo los primeros rayos del sol van pintando el paisaje y el volcán Licancabur se ilumina. Tierra Atacama Hotel & Spa está ubicado a 15 minutos del centro de San Pedro de Atacama y propone combinar excursiones y aventura en el desierto con servicios alta gama, incluyendo las dos piscinas (una interior y otra exterior), jacuzzi, los tratamientos del Uma Spa y una gastronomía excepcional basada en productos chilenos, muchos de ellos obtenidos de la huerta propia del hotel. La carta del restaurante se renueva con cada almuerzo y cada cena. Todas las propuestas son tentadoras. Hay pescados, carnes de avestruz, de buey y de cordero, ceviche, ostiones, ensaladas, quinoa, higos, sopas. Entre los postres, además de opciones ideales para golosos, hay platos de frutas y helados (se destacan sabores poco tradicionales como el de canela y roquefort).
El establecimiento parece combinar a la perfección con el paisaje que lo rodea ya que fue desarrollado y diseñado con materiales propios de la zona. Cuenta con 32 habitaciones –16 Oriente con vista al Licancabur, y 16 Poniente, con vista a los jardines y a la Cordillera de la Sal– inspiradas en el Altiplano. Hay dos habitaciones familiares con capacidad para seis personas. Todas cuentan con vistas panorámicas, terraza privada, ducha exterior, conexión inalámbrica a Internet sin costo, calefacción y aire acondicionado y caja de seguridad. En el baño, productos L’Occitane. A tono con las necesidades y el cuidado del medioambiente, el hotel cuenta con paneles solares y un sistema de reciclaje de agua.
Por otro lado, en vehículo, a pie o en bicicleta, el hotel ofrece variadas excursiones guiadas y con distintos niveles de dificultad física.

MINIGUIA
COMO LLEGAR
El aeropuerto más cercano a San Pedro de Atacama es el de Calama. Desde Buenos Aires, LAN vuela a Calama vía Santiago con cinco frecuencias diarias. El pasaje ida y vuelta cuesta desde 5.481 pesos. Para informes: tel. 0810-9999-526; en Internet, www.lan.com Calama está a 100 km de San Pedro de Atacama. Transfer, 10.000 pesos chilenos (US$ 21).
DONDE ALOJARSE
San Pedro es un pueblo enteramente orientado al turismo y la oferta de alojamiento es muy variada. En Tierra Atacama Hotel & Spa, programa todo incluido de 3 noches con dos excursiones de medio día o una excursión de día completo por día, pensión completa (desayuno, almuerzo y cena), bar abierto, uso del spa y traslados desde y hacia Calama, US$ 1.650 por persona en habitación doble. Tarifa de la habitación doble con desayuno (no incluye traslados, comidas ni excursiones), US$ 460 por noche. Tarifas válidas hasta el 30 de septiembre. A partir del 1 de octubre, programa de 3 noches, US$ 1.750 por persona en habitación doble. Tarifa de habitación doble con desayuno, US$ 490 por noche (teléfono 0056-2 263 0606; e-mail info@tierraatacama.com; en Internet www.tierraatacama.com).
MONEDA
Un dólar equivale a 470 pesos chilenos. En San Pedro de Atacama hay cajero automático. Algunas agencias y negocios ofrecen cambio de divisas.
ATENCION
Amplitud térmica.Las temperaturas varían según el momento del día y la altura. Hay que llevar ropa de verano para el día y ropa de invierno para la noche (y madrugada). Lo mejor es vestirse “en capas”.
Mal de altura. Si tiene problemas cardiorrespiratorios, hipertensión u obesidad, consulte con su médico antes de viajar. Una vez en el destino, no haga grandes esfuerzos hasta que el cuerpo se adapte a la altura. Opte por excursiones poco exigidas para los primeros días. Evite la deshidratación (y vaya a las excursiones con una botellita de agua mineral). Si planea hacer excursiones que superen los 4.000 metros, coma ligero la noche anterior y evite tomar bebidas alcohólicas. Durante el paseo muévase con calma.
Elementos básicos. Anteojos de sol, pantalla solar, sombrero/gorra y crema hidratante. Para las noches conviene llevar buen abrigo. Para las excursiones, zapatos de trekking y/o zapatillas. Si planea visitar los géiseres del Tatio, es imprescindible contar con mucho abrigo, gorro, guantes y bufanda: puede encontrar temperaturas de 15 grados bajo cero.







INFORMACION
Oficina de turismo: sanpedro deatacama@gmail.com
sanpedrochile.com
www.chile.travel

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