En Nueva York, el teatro del mundo

Por Agustín Alezzo, director de teatro. Presenta “Sombras desde el jardín”, los sábados y domingos a las 20 en el Auditorio Losada: Corrientes 1551. Acaba de ganar el ACE de Oro por su versión de “Jettatore”.


En 1973 realicé un viaje inolvidable a los Estados Unidos. Había concretado la puesta en escena de “Las Brujas de Salem”, de Arthur Miller, con un extraordinario elenco que encabezaba Alfredo Alcón y con la excepcional presencia de Milagros de la Vega. El espectáculo tuvo un enorme éxito e hicimos temporadas completas –incluso en verano– en el Teatro Blanca Podestá. A raíz de la repercusión que obtuvo, el Departamento de Estado de Estados Unidos me hizo llegar una invitación para visitar el país. La misma coincidió con las que le hicieron llegar a Héctor Alterio y a Agustín Mahieu, extraordinario crítico cinematográfico. Hicimos coincidir la fecha del viaje y lo emprendimos juntos.
Recorrimos distintas ciudades, concurrimos a teatros inmensos y pequeñísimos, museos, exposiciones, tanto hemos conocido en esos 40 días que contarlo sería imposible. Pero sin dudas Nueva York fue el descubrimiento, ciudad a la que volví posteriormente en siete ocasiones. Tan cosmopolita, casi el centro del mundo, en que se entrecruzan todas las etnias, se escuchan todos los idiomas, con su ritmo vertiginoso, sus teatros de Broadway y los off Broadway y la intensa vida cultural imposible de abarcar. Cada vez que estuve de visita en Nueva York, al partir tuve un profundo pesar, un sentimiento que jamás se me despertó al alejarme de otras ciudades.
Conocí de cerca el Actors Studio y concurrí a las clases, durante el tiempo que estuvimos en la ciudad. Tuve oportunidad de tratar asiduamente al actor, director y docente Lee Strasberg, porque Duilio Marzio, de quien era amigo, estaba alojado en el departamento de él. Así es como gocé del contacto más relajado con el maestro y asistí a su escuela privada. Después, en viajes posteriores, me permitió repetir la experiencia.
Recorrimos otras ciudades: San Francisco –sumamente grata–, Mineápolis, San Diego, Nueva Orleans y, entre otras, Los Angeles, con muchos más autos que personas, una ciudad que me desilusionó, pero que me permitió ver dos espectáculos inolvidables. La puesta en escena de  “Sueño de una noche de verano” de Peter Brook, totalmente ascética, pero con un conocimiento profundo del texto y de sus personajes y situaciones resueltas con un juego escénico apoyado en una afirmada destreza física, de un ajuste perfecto, ingenioso, pleno de gracia y de comicidad. Y en un pequeñísimo teatro vi “Final de partida”, de Beckett, con dos excepcionales actores en un planteo sencillo y profundo, que lograba conmover hondamente a la que vez que conseguía extraer el humor tan propio de su autor. Ambos espectáculos fueron lecciones que me acompañan hasta el presente.
Agustín Alezzo

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